La Torre Centinela ya está funcionando en Ciudad Juárez. Después de años de pleitos, críticas, retrasos y señalamientos por el dineral que costó, llegó la hora de saber si todo lo que se prometió realmente sirve.
Desde el principio Morena le ha pegado duro al proyecto. Cruz Pérez Cuéllar ha sido de los más insistentes. Ha cuestionado el costo, la utilidad y hasta la necesidad de la Torre. Andrea Chávez tampoco ha sido precisamente una defensora de Centinela. Desde el lado morenista las críticas han acompañado al proyecto prácticamente desde que comenzó a tomar forma. Están en su derecho.
Si se gastaron miles de millones de pesos públicos, hay que revisar hasta el último peso. Que saquen contratos, que revisen compras, que pregunten cuánto costó cada cosa y que exijan resultados.
Lo que cuesta entender es tanto pleito contra una herramienta que, si funciona como debe, tendría que complicarle la vida al delincuente, no al ciudadano. Ahí nace la duda.
¿Qué tiene Centinela que les incomoda tanto? No voy a salir con que Cruz, Andrea o cualquier otro morenista tienen algo que esconder. Eso sería acusar sin pruebas. La pregunta va por otro lado. Si Centinela puede seguir vehículos, cruzar información, detectar placas, utilizar miles de cámaras y darle a la policía herramientas que antes no tenía, ¿no sería mejor exigir que funcione en lugar de apostarle a que fracase?
Si mañana una cámara ayuda a encontrar a una persona desaparecida, poco importará quién inauguró la Torre. Si un lector ubica un vehículo relacionado con un delito, nadie preguntará si el aparato lo compró un gobierno azul o uno guinda. Si desde esas pantallas logran seguir a un delincuente hasta detenerlo, la víctima seguramente tendrá cosas más importantes en qué pensar que el partido de quien cortó el listón.
La gente quiere llegar tranquila a su casa. Así de sencillo.
Cruz quiere ser gobernador. Andrea también quiere llegar. Uno de los dos podría terminar gobernando Chihuahua y heredando exactamente la misma Plataforma Centinela que hoy Morena cuestiona. Entonces la pregunta cambia. ¿Qué van a hacer con ella? Si Cruz llega, ¿la va a apagar? Si llega Andrea, ¿la va a desmontar? ¿Van a tirar las cámaras, los lectores de placas, los arcos y toda la infraestructura que ya está instalada? Lo dudo.
Lo más probable es que cualquiera que llegue termine utilizando buena parte de esa tecnología. Quizá la modifique, la audite, cambie contratos, corrija errores o hasta le ponga otro nombre. Eso ya lo veremos.
Hasta podría darse una de esas ironías que tanto regala la vida pública: ver algún día a Cruz o a Andrea presumiendo resultados obtenidos desde las mismas pantallas que hoy generan tanta crítica en Morena.
La Torre ya está construida. El dinero ya se gastó. Las cámaras ya están instaladas. Ahora toca ver resultados.
Si Centinela no sirve, que lo demuestren. Si hubo irregularidades, que las documenten. Si está dando resultados, que tengan la misma facilidad para reconocerlo con la que tuvieron para cuestionarlo.
Lo que no tendría mucho sentido es seguir peleándose con la tecnología solamente por el color del gobierno que decidió instalarla. Al ciudadano común no tendría por qué preocuparle que existan más herramientas para buscar delincuentes. Tendría que preocuparle que se usen mal, que no sirvan o que terminen convertidas en otro gasto inútil.
Los que sí deberían empezar a sentirse incómodos con una plataforma que realmente funcione son aquellos que llevan años haciendo cosas que no quieren que nadie vea. Sean del color que sean.
Cruz y Andrea quieren gobernar Chihuahua. Tal vez antes de seguir explicándonos todo lo malo que ven en Centinela valdría la pena escuchar algo mucho más sencillo: Qué harían ellos con Centinela si mañana las llaves de la Torre terminaran en sus manos.
Centinela ya abrió los ojos. La pregunta no es quién construyó la Torre, sino quién quiere que siga mirando… y a quién le convendría que cerrara los ojos.
PARATUS
