Hay escenas que duran apenas unos segundos, pero alcanzan para explicar por qué la ciudadanía desconfía cada vez más de la política.
A la entrada de un supermercado, una camioneta permanecía estacionada justo donde está prohibido hacerlo. No era un cajón de estacionamiento. Era uno de esos espacios donde cualquier ciudadano sabe que, si deja su vehículo, corre el riesgo de que llegue un agente de Vialidad o, en el peor de los casos, una grúa.
Minutos después salió César Jáuregui del establecimiento. Caminó con total normalidad, abordó esa camioneta y el convoy integrado por otras unidades de seguridad se retiró sin que ocurriera absolutamente nada.
Y ahí aparece la pregunta que seguramente muchos se harían si hubieran presenciado la misma escena:
¿Qué habría pasado si esa camioneta hubiera sido de cualquier otro ciudadano?
Probablemente la historia sería distinta. Tal vez una infracción. Tal vez una llamada de atención. Tal vez una grúa. Porque las reglas suelen aplicarse con rigor para el ciudadano común.
La política vive de los símbolos. Y un vehículo estacionado en un lugar prohibido puede parecer un detalle menor, hasta que se convierte en la imagen de algo mucho más profundo: la percepción de que para algunos las reglas son flexibles y para otros no.
Quizá existía una razón de seguridad para esa logística. Es una posibilidad. Pero en política no basta con tener explicaciones; también importa lo que la gente ve y cómo lo interpreta.
Porque quien aspira a gobernar una ciudad no solo debe convencer con discursos. También debe cuidar que sus acciones cotidianas no contradigan el mensaje que busca transmitir.
Porque la confianza empieza a romperse cuando el ciudadano siente que hay reglas para todos… y excepciones para unos cuantos.
PARATUS
